El trabajo de todos aquellos que nos dedicamos a la comunicación, en sus diferentes formas y modalidades, responde a la necesidad de dar a conocer al público informaciones que, a nuestro juicio, pueden ser relevantes para ellos. A veces, incluso, buscamos despertar emociones y exigir respuestas, pero os habéis preguntado alguna vez qué pasaría si tuviéramos que elegir entre agitar la conciencia colectiva o dejar a un lado la condición de comunicadores y dejarnos llevar por las emociones.
Para que cada uno pueda buscar respuesta a esta pregunta, dejadme que os cuente una gran historia, sobre la que se han escrito miles de páginas y ocupado cientos de horas de televisión, pero que no por ello sigue siendo menos actual. Todo se refiere a una mítica foto que tomó en 1993 uno de los reporteros cuya obra más admiro, Kevin Carter, que pasó más de 10 años de su vida retratando la realidad social de los más desfavorecidos y fue uno de los primeros en mostrar la verdadera cara del apartheid sudafricano.
Todo ocurrió un caluroso día de marzo de 1993, en la aldea de Ayod, en Darfur, al sur de Sudan. Kevin Carter había viajado hasta allí formando parte de una misión de entrega de alimentos para hacer un reportaje sobre la situación en la zona. Tanto a él como a sus compañeros les habían prohibido expresamente entrar en contacto con los refugiados, que literalmente se arrastraban hasta llegar al campamento de Naciones Unidas. Uno de ellos, una niña de unos 4 años, se derrumbó agotada mientras sus padres se adelantaban en busca de alimentos. Estuvo observándola durante casi 20 minutos y su cámara captó el momento en el que un buitre se posaba a su lado esperando su muerte. Según Carter, la niña acabó levantándose y continuando su camino, momento en el que se alejó del lugar y, apoyado en un árbol, se echó a llorar. Unos días después, el 23 de marzo, la fotografía aparecía publicada en el New York Times, para convertirse en una de las imágenes más reproducidas de la historia.
Gracias a la fotografía, Kevin Carter ganó el premio Pulitzer en mayo de 1994, pero las críticas le llegaron desde muchos frentes. Pese a las numerosas preguntas que inundaron las redacciones de los periódicos, nunca se supo con seguridad qué le ocurrió a la niña. Fruto de ello y, seguramente de la muerte de un compañero y del recuerdo de todas las imágenes que su cámara había captado a lo largo de los últimos diez años, Carter cayó en una profunda depresión. En julio de 1994 condujo su furgoneta hasta la orilla del río en el que jugaba de niño y se suicidó. Tenía 33 años.
En una de las entrevistas que concedió antes de su muerte, Kevin Carter afirmó “Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña.” Su mejor trabajo como “comunicador”, que sin duda centró la mirada del mundo en lo que acontecía en Sudán, fue también su mayor error como ser humano.




Nunca se puede hablar porque te tienes que ver en la situación pero creo que no habría dejado que mi profesión pesara más que la calidad humana de las personas. bonito post. Gracias
No estoy de acuerdo en que Kevin Carter fuese un “comunicador”, una sutil, pero clara diferencia, entre la “información” dirigida o publicística, y la información periodística. Creo que era un excelente reportero gráfico, y como testigo de los hechos, se limitó a informar de unos hechos concretos a través de su cámara. Lo cierto es que la imagen, como la información, puede ser fácilmente manipulada, y por tanto, descontextualizada. No se sabe exactamente qué había alrededor, ni si los padres de la niña estaban a diez metros o la habían abandonado su suerte. ¿Qué tenían que haber hecho Ernest Hemingway cuando cubría la Guerra Civil española o Walter Cronkite cuando cubrió el desembarco de Normandía en la II Guerra Mundial? ¿Empuñar un fusil? Lo que sí es cierto en el caso de Carter es que quizás prefirió la gloria del Pulitzer con un plano corto, que la realidad completa de un plano largo.
Gracias por el comentario y casi totalmente de acuerdo contigo amigo Pedro, yo en su misma situación habría hecho también la foto, cuya repercusión posterior ayudó además a hacer visible para el mundo el problema de Darfur. La vida de un reportero gráfico o un corresponsal de guerra es muchas veces así. De hecho, a Carter y otros tres de sus colegas de profesión les llegaron a conocer como el Bang Bang Club, por los diez años que pasaron juntos jugándose la vida para mostrar la cara más brutal del apartheid en Sudáfrica. Y eso es encomiable…alguien tiene que hacerlo.
Lo que creo que hizo diferente el caso de la niña de Ayod es que él afirmara en entrevistas posteriores que estuvo 20 minutos observando como trataba de levantarse sin éxito, esperando para ver si el buitre abría las alas y conseguía una foto de mayor impacto visual. Por aquella época él también tenía una hija pequeña y creo que cruzó una línea que debe ser muy difícil de sobrellevar, por muchas cosas que se hayan visto.
En eso estamos de acuerdo. En esa escena había por tanto dos buitres, el de la imagen, y el que quería el Pulitzer a cualquier precio con una imagen que provoca nauseas sobre la condición humana. Amigo Juan Carlos, con esto quería hacer ver el valor de la función social del periodista como testigo de hechos cualificado, con capacidad para constratar, comprender e informar, que ha dado sentido a esta profesión desde hace dos siglos, y a la prensa contemporánea en general. Lo contrapongo al denominado “periodismo ciudadano” y sucedaneos como las redes sociales que, en efecto, no es tal, y que una gran mayoría parece haber aceptado como verdadero, cuando en mi opinión, no lo es. Es decir, esto que estamos haciendo no es periodismo, sino una “alquiminia de multitudes”. Una charla entre millones de individuos (reales o no).
Para aquellos que amamos el periodismo, los periódicos y el espíritu crítico, ojalá siga habiendo muchos reporteros como Carter (en su versión menos ególatra) en el futuro.
A cada cual lo suyo, ¿que diferencia hay a estar a 20 metros que a 6000 kilometros?, los buitres somos todos.
Tal y como comentan, él estaba haciendo su trabajo, y jugandose la vida en ello, de otra forma no llegaría esa información al resto del mundo.
A partir de ese momento, cuando ya tenemos noticias de lo que ocurre, es cuando nuestros politicuchos, usando correctamente nuestros impuestos, deberían establecer un plan de ayuda o mas bien un plan de gobierno para esos paises, en vez de gastarlo en subvenciones inutiles para quienes no las necesitan.
En realidad es asombroso ver como la codicia , la maldad el deseo por el querer tener mas nos aparta de la veradadera realidad solo hay que abrir los ojos y darse cuenta que no todo lo que tenemos a nuestro alrededor es bello y hermoso; hay hambre, guerras, emfermedades, en fin muchas cosas por el cual deberiamos reflexionar; y no hay un solo culpable en esta historia, aqui forma parte toda la humanidad, la mano del hombre que construye y a su vez destruye y perjudica a los demás.
Como una persona de altos recursos en realidad no tengo dinero pero me considero así; por el hecho de tener lo mas importante la salud , el alimento diario, un techo donde descansar, una familia, y poder estudiar y poder trabajar soy bendecidad yo y los q me rodean. nosotros deseamos mas de lo q tenemos y cuando logramos tenerno sencillamente nos gusto el sabor al poder al dinero y esto cambia nuestras vidas pensamos q solo hay un yo,y no en los demas por q tanto dinero nvertido en cosas q solo nos sube el autoestima el querer ser mejor q otros el tener mas y la superioridad del ser humano. Pero todo tiene un final no se si exista el cielo el infierno pero de algo si estoy segura aqui en vida se vive todo aqui , aqui sufrimos , y tenemos gloria.
Lo primero, gracias por vuestros comentarios y aportaciones a mi reflexión. Poco puedo aportar porque la verdad es que estoy de acuerdo en casi todo y me uno a esa gran verdad de que “los buitres somos todos”. En muchos aspectos es así y no deberñiamos conformarnos.